lunes, diciembre 03, 2007

Carajo (Venezuela)

Permítanme un “¡carajo!” de bronca, porque en Venezuela ganó el NO. Y aunque a muchos les parezca un despropósito, insisto en que los pueblos no se equivocan. La pasada semana, en mi comentario “El dilema de los pueblos”, escribí lo siguiente:


“En Venezuela, descontando la propaganda tendenciosa de los medios ‘republicanos y democráticos’ (incluyendo la CNN), lo cierto es que –mal que nos pese- no está tan claro el resultado del plebiscito. El error de Chavez fue, sin duda, incluir en la reforma constitucional la reelección indefinida, que proporcionó a la oposición conservadora un elemento precioso para influir en los sectores “independientes”, ya temerosos de la iniciativa del ‘Poder Popular’”.


No cabe duda de que ese temor, que se demostró que no abarcaba sólo a los “independientes”, sino a una buena porción del chavismo moderado, fue decisivo. Se dirá que la elección fue pareja. No, no lo fue. Un 44% de abstención en una votación tan trascendental para un país indica no una altísima indiferencia, como podría pensarse, sino un elevadísimo nivel de desinformación en la población de menores recursos y del interior venezolano. Eso, para un proyecto que cuenta con el respaldo gubernamental, y una enorme masa de militantes movilizados, es imperdonable.
Fue absolutamente racional Chavez cuando afirmó que por esa diferencia de votos prefería perder. Sin duda, con menos del 30% de la población a favor, no puede pretenderse avanzar pacíficamente hacia el socialismo. Lamentablemente, esa racionalidad que exhibió anoche, le faltó en los meses pasados cuando descuidó ordenar a sus militantes una imprescindible labor de concientización masiva sobre los alcances de la reforma constitucional y las ventajas que ésta tenía para los venezolanos menos favorecidos. Tampoco hubo la paciencia necesaria para comprender que la posibilidad de reelección permanente era una cuestión de importancia terciaria: si se ganaba en el plebiscito, si se legitimaban constitucionalmente las milicias populares, si se revocaba la independencia del Banco Central de Venezuela, la reelección presidencial podría discutirse en un par de años, con un elevado grado de poder popular detrás. Hoy, lo que se discutirá es el grado de retroceso del proyecto socialista. Y Chavez deberá dejar muy posiblemente la presidencia dentro de 5 años.
¿Y porqué sigo afirmando que los pueblos no se equivocan? Las pruebas están a la vista: Un triunfo del SI representaba – y el pueblo mayoritariamente lo entendió así- un conflicto gravísimo en puerta, que no iba a poder ser solventado con el grado de organización y movilización actual del chavismo.
Decía también el otro día:


“...un enorme sector de nuestros pueblos se niega a ‘pensar en lo impensable’. Prefieren creer que es posible confiar en que la justa distribución de la riqueza, de la que hablábamos más arriba, puede llegar gracias al paternalismo de los gobernantes. Creen en la falacia de los “derechos inalienables”, cuando la realidad nos indica desde el comienzo de los tiempos que los derechos se conquistan y se mantienen con sangre, sudor y lágrimas.
No nos confundamos: las democracias son un bien conquistado, pero si no se las defiende, se caen como hojas en otoño, sin pena ni gloria.
Que yo sepa, la única nación latinoamericana que está organizando a su pueblo para una potencial defensa de la democracia, es Venezuela. Esperemos que esa organización llegue a tiempo”.


Bueno, pues en el primer examen salimos mal. La organización no llegó a tiempo, y fue el pueblo venezolano, intuitivamente, quien priorizó “salvar la democracia”, aunque eso significara resignar parte del camino transitado. Tengo claro que a muchos este análisis les resultará erróneo, “basista”. No me preocupa demasiado. Me preocuparía si hubiera ganado el SI por esa diferencia. Me preocuparía también si hubiera ganado el NO por 20% de diferencia y sin abstención. Con los resultados a la vista, es clarísimo que una gran cantidad de partidarios de Chavez, íntimamente, se preguntaron “¿y si ganamos que pasa después?”; “¿podemos sostener el socialismo solos?”; “¿la oposición soportará pacíficamente una derrota?”; “¿Y Estados Unidos?”. En resumen, la misma pregunta de siempre: “qué pasa después”. Una pregunta a la que muchas veces los dirigentes y los intelectuales no prestan atención, pero que los pueblos tienen siempre presente, por un simple motivo: los pueblos no pueden exilarse cuando las papas queman.
Creo, a pesar de todo, que ésta ha sido una lección importante, y no sólo para Chavez, sino para todos nosotros. Nos ha recordado que no basta con la voluntad para cambiar un sistema. No basta con un único conductor para elaborar políticas triunfantes. Y por último: cuando se toman medidas que pueden llevar a un enfrentamiento militar -y sin duda el triunfo del SI podía traer aparejado un riesgo en ese sentido-, es necesario, no solamente estar personal y absolutamente seguro de que se derrotará al enemigo, sino también que tu ejército –en este caso el pueblo venezolano- también esté convencido de ello. De lo contrario se replegará, y esperará un mejor momento.
¿Sólo la organización vence al tiempo? Si, definitivamente. Y no sólo al tiempo.


Enrique Gil Ibarra

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