sábado, octubre 31, 2009

Otro amigo menos

Y se me murió otro amigo, de los muy pocos que me quedan. Se que esto es sentimentalismo, pero me importa un carajo. Abajo, va lo que escribió uno de los ¿cuatro? ¿cinco? de los viejos que sobreviven y que, aunque lejos (vive en España), sigue conmigo.
También se llama Enrique y él tuvo la suerte de -por lo menos- una última conversación con Héctor, un boludo incorregible, jodido y egoísta al que, por supuesto, quise mucho.



¡Chau, Loco!

Estoy muy solo, Enrique, estoy muy solo. Con esta frase abriste y cerraste nuestra conversación de hace cerca de un mes y entonces supe que algo no iba bien. Más allá del tono tembloroso de tu voz en el teléfono, el hecho de que me llamaras Enrique y no Manolo o Catorce, los apodos con que me rebautizaste hace años fue lo que me hizo despertar sospechas.
Ya me habías hablado de la mancha en el pulmón (inofensiva, dijiste) y de la operación y los estudios a los que debías someterte, pero esta vez centraste todo en un supuesto mal de vesícula. Supuesto, sólo eso. Otra mentira para ocultar la verdad.
Me cuesta escribir, Loquito, sabiendo que jamás vas a leer lo que aquí te digo, de frente, como siempre fuimos vos y yo, aunque no estés (pero estás) Me cuesta por el dolor, claro está, pero también porque no acabo de encontrar el tono del escrito.
Podría probar el tono de reproche, sobran motivos. Por irte así, sin decir nada, sin tratarte, sin luchar, sin pensar en el boquete de dolor que dejabas en los otros, por no pensar en tu madre, en tus hijos, en tus amigos, en los que te quieren, en suma, pero ¿quién soy yo para reprocharte nada? Porque a mí también me cabe parte del sayo de haberte dejado solo cuando me fui del país. Todavía hay parientes y amigos que no me lo perdonan. Como le cabe a los amigos, que un día, sin venir a cuento, dejan de llamar por inercia, nomás. Como a las ex parejas, que se quedan rumiando resentimiento y deseos de venganza, sin asumir su parte de responsabilidad en el fracaso, que la tienen, siempre la tienen, por muy villano que te pinten. Como a los hijos, que nos exigen que seamos los mejores del mundo en un oficio que carece de academias, que reclaman para sí todo el cariño y las caricias, pero que se olvidan de que llega un momento en que los que necesitamos esos mimos y caricias (una llamada, un regalo de cumpleaños o del día del padre, una invitación a un café) somos nosotros, que empezamos a ser viejos y, por lo tanto, niños de nuevo y se intercambian los roles. Como al resto del mundo, que nos exige que vivamos con arreglo a unas pautas lejanas a nuestros principios, obligándonos a tragar sapos de toda laya y tamaño sin rechistar, porque somos responsables de una familia que, a veces, asume este hecho como “normal”.
Tampoco cabe el tono laudatorio, porque a vos también te cabe el sayo de la responsabilidad en tus metidas de pata existenciales, en el cariño retaceado hacia los que te rodearon, en la celebración de rituales peligrosos para tu salud física y mental. Vos sabrás.
Y aquí estoy, escribiendo en el vacío literatura barata. Una vez, una mujer se enamoró de mí y de lo que escribía, pero se desenamoró con el tiempo y entonces le escribí una carta a corazón abierto que ella, supongo que para lastimarme, aunque tal vez con razón, calificó de literatura barata. Probablemente esto sea más de lo mismo.
En nombre de los pibes te digo que te vamos a extrañar el resto de nuestras vidas. Sí, los pibes dije, porque a pesar del paso de los años, de las canas, de las panzas, de las caries, de las heridas de guerra, todavía somos pibes por dentro y cada cierto tiempo nos reunimos a reírnos y llorar acordándonos del pasado, pero mirando de frente al futuro en la cara de esos hijos que vimos nacer juntos, ¿te acordás?
Personalmente, tendré que acostumbrarme no oír más tu exhortación lunfarda. “No te trabés, Manolo”, me decías cada vez que el trapo rojo me obnubilaba la visión cuando embestía los obstáculos con esos cuernos que ya han perdido filo, con ese ímpetu que ha menguado. “No hagás cagadas”, me decías.
Pero vos no te aplicaste el cuento, porque quién sabe cuando se trabó el casete, porque te mandaste, al final, la cagada de tu vida. Y aquí quedamos los demás, con el nudo en la garganta, como si tuviéramos una corbata invisible por dentro, solos de vos, igual de solos que vos, con las mismas taras.
Andá tranquilo, entonces. Nos veremos donde sea si hay otra vida, si hay cielo o infierno, porque no me cabe duda de que, en tal caso, iremos al mismo sitio y allí habrá un bar y beberemos ginebra con café y tus manos tembleques (como las mías) removerán los cubitos con el dedo, como solías hacer. Y discutiremos sobre política o sobre cualquier tontería y al llegar la noche nos abrazaremos con un beso y nos diremos como ahora: chau, Manolito… chau, Loco… hasta la próxima….

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