jueves, enero 31, 2008

La oposición ciega y la discapacidad empática


“El siglo XXI nos encontrará unidos o dominados”. Hace muchos años, un conductor político latinoamericano pronunció esta frase refiriéndose a América Latina y –hay que reconocerlo- para la mayoría de sus oyentes pareció un pronóstico aventurado. No obstante, hoy podría imaginarse un futuro no tan lejano en que esa opción se decantara para el lado de la unidad, contradiciendo los pronósticos de hace pocos años, cuanto todo parecía indicar que nos sería casi imposible superar los lazos de la dependencia.

Esta nueva realidad (o visión de la misma), parece haber resucitado en todo nuestro subcontinente antiguos enfrentamientos que parecían superados por los avances sociales y tecnológicos. Racismo, descalificaciones “culturales”, odios de clase, han recrudecido en estos primeros años del siglo.

Podría suponerse que la globalización, que tanto mal ha traído a nuestros países en lo que se refiere a las desigualdades sociales, por lo menos debería haber contribuido, al “mundializar” la información y el acceso a nuestras disímiles realidades, a una mejor comprensión de nuestros pueblos, no sólo externa, sino internamente.

Lejos de ello, lo que está sucediendo, y que ocasionaría sin duda a Marx y Engels una enorme satisfacción, es que las naciones latinoamericanas están “horizontalizando” diferencias que anteriormente eran verticales.

Quiero decir que las sociedades se parten por una línea invisible que separa, no ricos de pobres (posición de clase), sino sectores internacionales que acuerdan con el cambio que se avizora y duros opositores al mismo (actitud de clase).

En varios países (Venezuela, Bolivia, Argentina, Brasil, Ecuador, etc.) y respetando los distintos niveles de avance, se ha generado la conciencia de que modificar la realidad resulta indispensable si no se quiere reingresar en un período de violencia inmanejable e imprevisible, que pensábamos superada hace algunas décadas. Por ello es que en este siglo XXI la iniciativa del cambio está surgiendo desde los gobiernos y no desde los pueblos, en la medida que esos gobiernos comprenden que, de no actuar, no lograrían controlar ese cambio, y posiblemente sobrevendría una modificación súbita y drástica del sistema imperante. Por lo tanto, han surgido en nuestros países, con una simultaneidad causal, líderes o conductores carismáticos que se han puesto al frente de los procesos innovadores, asumiendo (en mayor o menor grado) la responsabilidad de establecer los límites de acuerdo a sus propios objetivos estratégicos.

Como es lógico, esta nueva manera de encarar la tarea del Estado, que se caracteriza por una mayor solidaridad social, preocupación por empleo, salud y vivienda, protección y puesta en valor de los recursos naturales, mayor conciencia ecológica, ha concitado de inmediato apoyos populares que hacía tiempo no disfrutaban nuestras clases políticas.

Pero, simultáneamente, ha provocado en grandes sectores de la sociedad rechazos viscerales, que asumen en su manifestación viejos conceptos que considerábamos perimidos. En Argentina, en Bolivia, en Venezuela, han rebrotado los antiguos epítetos: “gorilas”, “cabecitas”, “peronachos”; “zurdos”, “trasnochados”, “fascistas”, que se aplican indiscriminadamente ambos sectores, que parecen hallarse imposibilitados de encontrar puntos en común para coincidir en –como mínimo- las reglas de la transición.

Se dirá, desde ambos lados: “no hay nada que debatir con ellos”. Y es éste, sin duda, el problema. Porque si una mitad de los pobladores del continente no encuentra ningún punto de contacto con la otra mitad, vamos camino a la debacle.

Que se entienda. Sabemos que los que se oponen al cambio están errados. Pero también sabemos que es sociológicamente imposible que tantos millones de individuos elijan conscientemente como camino el hambre, la infelicidad, la miseria, la enfermedad, la sumisión de tantos otros millones de compatriotas.

Los comerciantes, los intelectuales, los pequeños empresarios, no son los enemigos. Es más, posiblemente serían los que, en una primera etapa, más tendrían a ganar de estos procesos de cambio en los que podrían insertarse en condiciones de privilegio.

Pero eligen, como si integraran la clase dominante, una oposición ciega. ¿Qué es lo que hace que esa clase media (y no nos referimos a los grandes oligarcas, a los terratenientes, a los grupos empresarios multinacionales) se nieguen a colocarse del lado de la justicia, de la honradez, de la solidaridad, de sus propios vecinos?

¿Puede suponerse entonces que el fenómeno que observamos se debe a una disfunción, una discapacidad empática? ¿Se encuentran imposibilitados para comprender el cambio por simple “temor” al cambio o porque ya no pueden ver la realidad como “el otro”, ponerse “en el lugar” del otro?

Intentando no caer en abstrusas disquisiciones sicológicas para las que este cronista no está capacitado, lo cierto es que nuestras oligarquías, demostrando su inteligencia y capacidad de manipulación, han coincidido siempre en todos nuestros países en utilizar a las clases medias como “punta de lanza” para una oposición ciega y cerril, que agita en los medios los remanidos fantasmas del comunismo, el cercenamiento de la libertad, la dictadura del populacho y el abandono de los valores morales que “toda sociedad bien constituida” debe defender.

Por supuesto, con planteamientos de esa índole, no hay discusión posible. Porque inevitablemente las respuestas posibles (por nuestra parte) son el denuesto, el reproche sobre los años sufridos por los pueblos bajo sangrientas dictaduras, y la miseria a la que aún nuestros pueblos se ven enfrentados como resultado forzoso e inexcusable.

Pero también es evidente que, si bien los procesos “revolucionarios” en nuestras naciones no podrán ser detenidos pacíficamente -dado que, aunque es posible que los hombres retrocedan, la historia no lo hace-, lo ideal sería que pudiésemos, esta vez, implementarlos pacíficamente. Por ello se impone hallar una solución al problema, ya que es impensable un proceso que profundice la Soberanía Política, Independencia Económica y Justicia Social Latinoamericana si no logramos rescatar a esa mitad de nuestras poblaciones del lavado de cerebro impuesto por el Imperio y sus socios menores durante estas últimas décadas.

Deberemos entonces compensar, de alguna manera, esa “discapacidad empática” de la que hablábamos exacerbando (lat: exacerbare 3ª: Intensificar, extremar, exagerar) nuestra propia empatía. Recordemos que necesitamos a nuestras clases medias. Sólo los ingenuos o los desorbitados pueden creer que de un solo salto podremos arribar a sociedades justas y/o cuasi perfectas. Si nuestras revoluciones deben ser pacíficas, forzoso es analizar, aceptar y preparar las etapas inevitables.

Hablábamos de “oposición ciega”, y no nos referíamos a la oligarquía cipaya, porque la oligarquía nunca es ciega, y no hace oposición: La oligarquía no debate, no convence, no discute. La oligarquía golpea. Los ciegos en nuestros países, lo son porque tienen una venda sobre los ojos, que les ha sido impuesta y no saben quitársela solos.

Si queremos triunfar pacíficamente, la venda deberá caer. De lo contrario, repetiremos errores.

Enrique Gil Ibarra


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