domingo, diciembre 13, 2009

Joaquin Penina: Primera víctima del terrorismo de Estado

Por Arturo Trinelli*
atrinelli@hotmail.com

La desaparición forzada de personas, cuyo momento más dramático se alcanzaría en los años setenta, se inauguró quizás con el secuestro y posterior asesinato de Joaquín Penina, un joven español proveniente de Barcelona, aproximadamente el 11 de septiembre de 1930. Se trató no sólo el primer antecedente (conocido) de secuestro, tortura y asesinato del terrorismo de Estado en la Argentina, sino el inicio de una paulatina y sistemática represión de toda manifestación contraria al Estado que aquél gobierno de facto implementó ni bien asumió el poder el 6 de septiembre de aquel año.

Penina había nacido en 1901. Por cuestiones desconocidas, emigró a la Argentina en una época en la que la llegada de europeos “pobres pero blancos”, como suponían los políticos de la época, había sido una constante en la Argentina. En realidad el mayor porcentaje de inmigrantes venidos de Europa había sido unas décadas atrás, por lo cual se presume que el viaje de Penina tal vez no tuvo que ver esencialmente con la búsqueda de nuevos horizontes laborales sino con motivos políticos, dada la dictadura de Primo de Rivera en su país.

Cumplía con dos elementos esenciales constitutivos del ser anarquista: era un hombre de acción, permanente difusor de ideas libertarias, y joven. Ésto último no es un dato menor: la mayoría de los anarquistas más activos y emblemáticos eran menores a los 35 años. El activismo permanente que guiaba el espíritu anarquista parecía florecer en plenitud en la juventud, aquéllos jóvenes otrora fervientes anarquistas luego se reconvirtieron al sindicalismo a la par de los cambios políticos del país. En el languidecimiento del anarquismo concluyeron tres movimientos: por un lado, el comunismo y el socialismo que, aunque contemporáneos, se fortalecieron cuando el anarquismo perdió aceptación entre las masas obreras gracias a su menor intransigencia y actitud para aprovechar concesiones del Estado. Por otro lado el sindicalismo, que unos años más tarde actúo como movimiento aglutinador de los trabajadores, cuyo principal objetivo pasó a ser ya no la eliminación de cualquier opresión impuesta y limitante de la libertad del individuo, sino el lograr beneficios dentro del status quo. Al trabajador le empezó a preocupar más su bienestar económico y social, la educación de sus hijos y su futuro laboral, que la utopía libertaria de no negociar con cualquier limitación al libre albedrío que opacara la libertad de acción y pensamiento del hombre.

Como todo anarquista, la actividad de Penina no se circunscribía únicamente a la participación en manifestaciones obreras: había una idea de superación del hombre que en la filosofía libertaria era una guía que conducía y orientaba la acción. No era el anarquismo un movimiento esencialmente obrero. Sin embargo su principal fuente de reclutamiento eran obreros pues captaba el mensaje de aquellos cuya vida transcurría en peores circunstancias, con condiciones de trabajo y pobreza extremas, y que hasta por lo menos la ley Saénz Peña (1912) no se encontraban contenidos por el Estado, ni política ni socialmente. Más bien todo lo contrario: represión estatal, explotación laboral y drama habitacional eran una constante entre aquellos trabajadores que llegaban a la Buenos Aires finisecular en búsqueda de prosperidad. Una Buenos Aires que en poco tiempo experimentó un crecimiento demográfico importante, alterando su composición social, y alentando desde la dirigencia política un crecimiento económico basado en una producción agroganadera que suponía concentrar la riqueza en manos de aquellos que tenían la suerte de poseer tierras. Al cabo, una minoría que desde el poder político buscaba perpetuar esta situación y acallar a las voces que se alzaban contra ella.

En este contexto el joven Penina decide radicarse en Rosario, ciudad que por aquel entonces crecía a la par de Buenos Aires. Comenzó aquí a desplegar todas las actividades que, se supone, traía de su país de origen. Se dedicó a la albañilería, colocaba mosaicos en pisos y paredes, y al mismo tiempo militaba en el anarcosindicalismo. Su espíritu, como el de todo anarquista, era el de construir, de hacer política dentro de los gremios. Esta corriente anarcosindicalista polemizaba internamente con la corriente más ortodoxa del anarquismo, dispuesta a negar cualquier atisbo de opresión (incluso familiar, entendiendo a la familia como la primer institución responsable de oprimir la libertad del individuo desde pequeño, bajo la autoridad ilegítima de los padres) y pretendía desplegar su influencia sobre los sindicatos más importantes de la época. Así es como se afilia al gremio de los albañiles y, más tarde, comienza a militar en la Federación Obrera Local Rosarina, que nucleaba a varios sindicatos.

A diferencia de otros tantos anarquistas de la época, no resulta detenido muchas veces pese a la persecución estatal contra las manifestaciones obreras. La única vez que conoce las cárceles es en 1927 con motivo de las continuas protestas disparadas tras los asesinatos de Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti en Estados Unidos. Para entonces Penina era un activo propagandista y promotor de las huelgas de 1928, que paralizaron casi todas las actividades productivas y comerciales desde Villa Constitución hasta el norte de Rosario.


Secuestro y muerte

El 7 de septiembre de 1930, un día después del golpe, Uriburu decide iniciar su política represora y pasar por las armas cualquier manifestación en contra de su gobierno. En ese momento Penina vivía en una pensión de la calle Salta al 1581, muy modesta pero con lugar suficiente como para acuñar la gran cantidad de publicaciones, revistas políticas y libros que leía y compartía con sus compañeros.

El 9 de septiembre es detenido junto a dos compañeros suyos, Porta y Constantini. Se lo acusó de difundir unos panfletos contra Uriburu. No había otro cargo: su delito había sido repartir volantes. Penina era también canillita. Se le dijo que era el responsable por el contenido de esos panfletos y su impresión, pues tenía un mimeógrafo, pero éste estaba roto desde al menos dos meses antes del golpe.

Por motivos desconocidos, Porta y Constantini son liberados dos días más tarde. A Penina deciden ejecutarlo al lado del puente de Saladillo. Los autores del crimen fueron el teniente coronel Rodolfo Lebrero, el mayor Carlos Ricchieri; el capitán Luis Sarmiento y los policías Félix de la Fuente, Marcelino Calambé y Angel Benavidez. Estos militares y policías, además, se llevaron un botín de 600 pesos que Penina había ahorrado para pagar el pasaje de sus padres desde España.

El Jefe de pelotón de fusilamientos fue el subteniente Jorge Rodríguez, quien años después se ocupó de describir concretamente cómo se llevó a cabo el crimen y los últimos momentos de vida de Penina. En “El culto de los asesinos”, de Osvaldo Bayer, así lo relata el propio Rodríguez:

"Fue bajado del camión y sintió el ruido de las cargas de las pistolas. Entonces yo, que lo tenía a un paso, lo vi abrir los ojos en mirada de asombro y rápidamente comprender. Dio un medio paso atrás y le vi morderse el labio inferior como si prefiriera sentir el dolor de su carne más no el temor. Yo iba detrás. Desde que lo había visto bajar, en mi frente y en mis ojos sentía que se había posado un velo de extrañeza y de irrealidad. No quise prolongar la valiente agonía de ese hombre. Ordené: ¡Apunten! Entonces el reo giró la cabeza hacia la izquierda y mirando con odio al grupo que presenciaba, gritó: "-¡Viva la anarquía! -su voz era templada, yo no ví temor.

“¡Fuego! – ordené, sin ver ya nada. Tres tiros”.

Después de describir cómo le dio en la cabeza él mismo con el tiro de gracia, agregó el subteniente: "Todos nos acercamos hasta donde estaba el cadáver y alguien dijo: 'Fue un valiente hasta el último momento'. Vestía pobremente: zapatos de caña; pantalón, no sé si de fantasía o marrón oscuro. Un saco también oscuro. Era rubio y de pequeña estatura. Representaba unos 25 o 26 años. De sus bolsillos se sacaron dos o tres galletas marineras muy duras y en parte comidas, y un giro de cinco pesetas para un hermano de Barcelona. El giro no llegó a mis manos ni sé tampoco quién se lo llevó".

El cuerpo de Penina nunca apareció.

* Licenciado en Ciencias Políticas

1 Comentarios:

A la/s 7:58 a. m., diciembre 15, 2009, Blogger Alberto Angel dijo...

Excelente, pero ya es una costumbre,
¿No Enrique?

 

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