sábado, junio 09, 2012

Los exilios y las fugas de Osvaldo Bayer

Nota: Le cambié el título a esta nota (Antes se titulaba "Periodistas 'de aquellos'") porque también me pareció una cobardía de mi parte no titular francamente mencionando a Bayer y mi opinión al respecto. En fin. Cada uno con su conciencia.


Acabo de leer la nota firmada por Osvaldo Bayer en Página 12 sobre el Día del Periodista, y no puedo menos que admirar su coherencia. Desde hace décadas, Bayer no deja de desilusionarme. Analizando cuidadosamente su biografía, resaltan sus exilios y sus fugas, tanto en su vida como en sus libros, siempre referidos al ayer, a los hechos que, relevantes en la historia – pero sólo en la historia-, permiten acuñar “chapa” de compromiso sin arriesgar ni un cabello.

A los dieciocho años, devoré literalmente su libro sobre La Patagonia Rebelde. Me encantó. Asumí que Bayer era (y sería) uno de esos escritores que descuartizaban la historia y la realidad para ofrecerla a sus pueblos en aras de la verdad y el futuro. Me equivoqué. Bayer se quedó sólo en la historia y en su propia realidad, que cada vez está más alejada de una realidad colectiva.

Su nota sobre el día del periodista no es otra cosa que un ejercicio de egolatría autorreferencial. Supone elogiar a “Aquellos periodistas” y no hace otra cosa que citarse a sí mismo, recordar sus propios discursos y vanagloriarse de su lucidez al analizar a otros periodistas que, contrariamente a lo que Bayer hizo durante toda su vida, vivieron y criticaron su propio tiempo, asumiendo los riesgos inherentes a ese compromiso.

Dice de Walsh: “No fue consciente, tal vez, de su predestinación. La sangre que circulaba por sus venas no lo dejaba tranquilo con los productos que le depositaba en el cerebro. Sus mejores cualidades literarias fueron alma y humanidad”. ¿Lo habrá conocido? Si, desde luego. Pero su propio egocentrismo le impidió entender el porqué un tipo como Walsh era absolutamente conciente “de su predestinación”. Suponer que Rodolfo no tenía claro que estaba “predestinado” a morir es simplemente estúpido o, mucho peor, un intento de minimizar su lucidez y su compromiso combatiente. Su “alma y humanidad” no eran “cualidades literarias” de Walsh, sino su condición de ser humano conciente, obligado por esa conciencia a participar activamente de la lucha de su pueblo.

Y luego Bayer dedica su perorata a otros periodistas, a los que pone como arquetipos de sí mismo: “Acabo de cumplir sesenta años en el periodismo. Toda una época más que difícil. Triunfos, despidos, cárceles, gozar de maestros y aguantar a tiranos de escritorio”. Raúl González Tuñón es el segundo de sus referidos y, para elogiarlo, Bayer recuerda casi exclusivamente sus propios textos sin comprender que la única cita que hace de González Tuñón: “El poeta lo es en sus libros y en la calle”, es una revelación que a él mismo lo pone cruelmente en evidencia. Las calles son desconocidas para Bayer, escritor de exilios y de cenáculos. No quiero imaginar las puteadas que González Tuñón le dedicaría a Bayer si se enterara que lo recuerda por “El sandwich de milanesa”.

Bayer recuerda también a Gregorio Selser. Y aquí si, no puede evitar mencionar por lo menos a las gestas latinoamericanas revolucionarias, ya que obviar ese aspecto de Selser como historiador comprometido con su presente sería prácticamente insultarlo, pero de inmediato –y nuevamente- Bayer se retira a la torre banal de sus propios escritos, y en lugar de citar a Selser elige citarse a si mismo, en una anécdota insulsa y tontuela que sumerge el recordatorio en un comentario irrelevante.

Por último, el otro periodista digno para Bayer de figurar en su homenaje es Emilio Corbière. Historiador y periodista respetable, es cierto, socialista democrático moderado y prudente, de larga trayectoria.

Por supuesto, todos somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras. Bayer se hará cargo de sus silencios en sus homenajes y yo de mis palabras en esta nota, pero si Bayer hiciera honor a su fama autogenerada, no debería soslayar a otros periodistas. Periodistas “de aquellos” (para jugar con el título de su nota), que un tipo como Bayer hubiera debido mencionar, en lugar de limitarse a Walsh, al que se recuerda hoy no por combatiente, sino porque está de moda en el periodismo “progre” y ya no es peligrosa la memoria.

Periodistas como Enrique Raab, como Jarito Walker, como Haroldo Conti, Paco Urondo, Rafael Perrota, Raimundo Gleyser, Luis Guagnini, Dardo Cabo, Ignacio Ikonicoff, Victoria Walsh, Zelmar Michelini, Rodolfo Ortega Peña, Roberto Sinigaglia y decenas de otros etcéteras no tan conocidos, no menos importantes, no menos dignos del recuerdo y el homenaje. Periodistas que de verdad –y citando a Bayer- “tenían vocación de servir a su sociedad, para mejorarla, no para mantenerla con sus actuales vicios”.

Pero por descontado, el reiterado y declamado “pacifismo” de Osvaldo Bayer no le permite reconocer a aquellos que han luchado en épocas cercanas. Debe limitarse a hechos muy anteriores, hechos que no comprometan su “anarquismo pacifista”. Alguien debería explicarle a Bayer que ese cacareado “anarquismo pacifista” es un contrasentido ideológico, que sólo ejemplifica la necesidad de autopreservación personal que lo ha aquejado desde 1975, cuando se unió a la caravana de intelectuales autoexilados.

Enrique Gil Ibarra – 9 de junio 2012


La nota de Osvaldo Bayer publicada en Página 12

Aquellos periodistas

Por Osvaldo Bayer

El jueves fue el Día del Periodista. Pocas veces tuve una impresión tan grata. Fue en Santa Teresita, sí, esa ciudad ahí en la costa de mar y arena. Organizado por la Asamblea por los Derechos Humanos, el acto se llevó a cabo en el Instituto de Formación Docente. Eso es lo que vale. La ciudad quedó vacía, el aula magna rebosaba de gente: alumnos entusiastas, docentes, vecinos, obreros, empleados, comerciantes, pueblo, pueblo. Ese instituto de enseñanza es el primer centro educativo que ha levantado un monumento a Rodolfo Walsh. Estuvimos allí. La emoción; corrimos la tela que lo cubría. Hablamos de él. El sentido de solidaridad nos invadió a todos. Su prosa puro coraje. Sus figuras literarias cubiertas de vuelo emocionado. Y su muerte. Para siempre, el héroe del pueblo. Leí un escrito que le dediqué hace ya muchos años. Dije: “No tengo otra forma de definir a Rodolfo Walsh que tomar la frase de Madame de Staël referida a Friedrich Schiller: ‘La conciencia es su musa’. Su conciencia lo seguía a todas partes. (‘Me siento insultado, como me sentí sin saberlo cuando oí aquel grito desgarrador detrás de la persiana’) Ese es el parámetro de su vida: su conciencia. Predestinación de mezclarse con la vida, de meterse. No fue consciente, tal vez, de su predestinación. La sangre que circulaba por sus venas no lo dejaba tranquilo con los productos que le depositaba en el cerebro. Sus mejores cualidades literarias fueron alma y humanidad”.

El acto llega a su punto culminante cuando la directora del instituto de enseñanza anuncia a los presentes que los docentes van a proponer darle el nombre Rodolfo Walsh a esa casa de estudios. No hay mejor ejemplo para la juventud, agregué. Y termino a plena voz: “Se acabó el tiempo de llamar a los colegios ‘General Roca’, se ha abierto un claro amanecer al bautizarlos con el nombre de este héroe del pueblo, el periodista ejemplo para todos, Rodolfo Walsh”.

Luego, ya en las aulas, me piden que recuerde a otros periodistas ejemplos de creación y bondad en ver a su sociedad. Acabo de cumplir sesenta años en el periodismo. Toda una época más que difícil. Triunfos, despidos, cárceles, gozar de maestros y aguantar a tiranos de escritorio. Nombro al más admirado por mí: Raúl González Tuñón, el poeta de la calle, de la aventura y de los sueños. Recuerdo cuando lo despedimos al jubilarse de su oficio de periodista. Me tocó pronunciar el discurso de despedida, en un bodegón de Barracas, ante la mesa tendida y después del brindis: “Por fin lo tenemos entre nosotros a Raúl. Digo por fin, porque lo tuvimos mucho tiempo entre nosotros en esa enorme redacción que parece un reloj del tiempo con sus ruidos, con sus gritos, con sus apuros, y lo dejábamos escapar. Y él se nos escapaba con su humildad, sus eternas ganas de pasar desapercibido. Se nos escapaba con su paso silencioso, su cabeza poblada de sueños, y se tomaba alguna nube aquí en Barracas –por supuesto sacaba boleto obrero– y se sentaba a la ventanilla del tiempo a observar y amar una vez más a las gentes, a las casas viejas, a las ilusiones y a las esperanzas de esta ciudad. Porque como el mismo Raúl dice en uno de sus versos: ‘El poeta lo es en sus libros y en la calle’. Pero hoy lo hemos atrapado y lo hemos traído aquí con nosotros, sus amigos, que queremos expresarle la alegría que sentimos por su último libro: La veleta y la antena. El pasado, los años ’20, ¡qué tema para Raúl! Buenos Aires con sus calles color sepia, con sus multitudes de alpargatas, de galerita, de cuello duro, con sus anarquistas rojos de bronce quemando tranvías y haciendo saltar panaderías, con su Hipólito Yrigoyen trenzando en la calle Brasil, con sus generales bigotudos, con su clase media buscando que sus hijos fueran abogados, médicos o cadetes navales, con sus conventillos, y sus domingos de hipódromo y fóbal. Se ha caído un tranvía al Riachuelo. Raúl hace sus primeras armas como reportero. Ahí está él en medio de ese mar de llanto, de gritos, de pitadas de barquichuelos y vigilantes, de cadáveres grises y mojados de obreros y costureritas. Y escribirá su primera nota: apenas un recuadro. Que titulará ‘El sándwiche de milanesa’. Y Botana, el director de Crítica, con esa intuición que lo caracterizó, mete ese recuadro, de un puñetazo, en primera página. Y nada como ese recuadro registró el drama injusto que significó esa tragedia: un tranvía de obreros ajusticiados por un Dios incomprensible en un paredón de barro y agua podrida. Raúl se detuvo ante el cadáver de un chico de 12 años, de pantalones parchados. Allí, de un bolsillo le asomaba un paquete: el agua había abierto el papel de estraza y dejaba ver un cacho de pan francés con una milanesa en el medio. Y sobre esa figura, Raúl escuchó un poema triste, trágico, desgarrante. Así, con la sencillez que lo caracteriza exclamó su llameante voz de protesta. Allí, en el sandwich de milanesa, estaba toda la tragedia: estaba el chico que en vez de jugar o estudiar tenía que ir a las cinco y media a trabajar. Como un hombre más. Estaba el drama de la madre preparando, antes de partir, ese sandwich como única ayuda, como única protección. Estaba allí toda la injusticia de los hombres para con los hombres, y, lo peor, para con los hijos de los hombres. Estaba todo: la vida y la muerte. Y tal vez, esa imagen del sandwich de milanesa que quedó allí intacto, mojado en el pantalón de un obrerito muerto, es lo que impulsó a Raúl a hacer ésa, su vida consecuente de poeta revolucionario. Raúl, el periodista poeta, en su día”.

También recordé el jueves a otro periodista con quien compartí horas y horas de labor en el Congreso de la Nación: Gregorio Selser. De periodista a escritor. Uno de los mayores historiadores de las gestas latinoamericanas revolucionarias. Su Pequeño ejército loco describe la gesta de Augusto César Sandino. Es sin duda uno de los mejores testimonios de esa gesta latinoamericana. A ese libro seguiría una serie relatando todas las gestas revolucionarias de nuestro continente. Toda su vida se pasó consultando archivos y juntado documentación. Cuando Gregorio Selser se suicidó para librarse de una enfermedad mortal, el 27 de agosto de 1991, perdimos a uno de los mejores periodistas e historiadores latinoamericanos. Ante su muerte escribí: “No aprendiste la lección y mientras te defendías con tu humilde sueldo de redactor anónimo comenzaste a escribir, pero primero te dedicaste a tu oficio preferido, a juntar papeles, y después a volcarlos, interpretarlos e informar en un infinito teclear de tus dedos. Y ya te metiste en tu casamata y Marta, tu compañera, el ángel bueno, a ordenar tus papeles y tu vida. La fiebre ya no te pudo dejar. Rogelio García Lupo me dijo a modo de presentación: ‘Aquí, Gregorio Selser, profesión, juntapapeles’. ‘¿Papeles, de dónde?’, pregunté yo en forma un poco torpe. Y vos, Gregorio, me respondiste con infinita candidez: ‘De Latinoamérica’”.

En mi escrito, ante su muerte, finalicé diciendo: “Para vos, Gregorio Selser, no habrá paraíso. Porque sabés muy bien que el único paraíso es la búsqueda, la lucha por ese paraíso en la Tierra. Pero en la memoria –esa que no se agota cuando los notables abandonan al muerto después de los discursos– quedarás para siempre, como el boletinero mayor de la eterna revolución latinoamericana, y te acompañará para siempre el pequeño ejército loco con Augusto César Sandino, su general de hombres libres que seguirá luchando por la Libertad por los siglos de los siglos”.

Tres periodistas con la vocación de servir a su sociedad, para mejorarla, no para mantenerla con sus actuales vicios. Otro ejemplo, muy olvidado, se llamó Emilio Corbière, el socialista, un luchador como pocos en buscar caminos y encontrar soluciones. Por fin, se acaba de realizar un homenaje a tan digno hombre de búsquedas en infinitos artículos plenos de sugerencias e ideas.

Una jornada de logros recordando a las mentes que trataron de forjar nuevos caminos en un mundo que todavía no encuentra la senda para la paz definitiva, que no puede ser otra que acabar con las diferencias sociales entre los seres humanos.

09/06/12 Página|12 (contratapa)





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