sábado, mayo 21, 2011

Pipi

El día que la Pipi escribió este relato, su papá hubiese cumplido 69 años. Ella suele pensar que si estuviera vivo, se la pasarían peleando. Hace tiempo que le ronda esa idea caprichosa y le causa un poco de gracia tener esa sensación, que es casi una certeza. Seguro no sería la hija que él hubiera querido, no sería su “princesita” como se le daba por decirle cuando ella no caminaba todavía, y quizás, él no hubiera sido el papá que a ella le hubiera gustado tener. No sería ese héroe irreal que algunas veces le parece que es.
O tal vez sí, cómo saberlo. Ni siquiera tuvieron la oportunidad de decepcionarse, de pelearse, de enojarse, de objetarse mutuamente. Casi no se conocieron.
Hace poco soñó con él. No suele soñar con él de manera directa, fue una de las únicas veces en que le pasó. Faltaban unos días para que empezara el primer juicio oral contra represores en Rosario, esos días se sentía toda revuelta y bastante decepcionada de algunas personas que hasta ese momento había creído cercanas. Pasaba muchas horas pensando en su papá, en sus tíos, en los padres de los amigos que también están desaparecidos y en los compañeros. Tenía miedo, todo parecía difícil. Se le había abarrotado la ansiedad de haber esperado tantos años, de tantos dolores acumulados, de tanto esfuerzo, de tanta pelea, de tantas ausencias circularmente presentes. Era demasiado consciente de lo que ese juicio significaba para todos y eso hacía que la cosa fuera aún más angustiante. Esa noche se fue a dormir deseando poder descansar, llevaba varios días sin hacerlo. A diferencia de otras noches, logró dormirse profundamente, relativamente rápido e incluso soñó. Tuvo un sueño muy real, de esos que mágicamente no parecen sueños, sino momentos vividos y luego recordados, recuperados más tarde del pasado al ser evocados. Soñó que su papá entraba en su habitación mientras ella estaba acostada, se acercaba y se sentaba en su cama. Con mucha calma, como si el tiempo no existiera, le acariciaba la cara y la miraba a los ojos, con una ternura estremecedora. Después, con movimientos que parecían lentísimos, la abrazaba fuerte, muy fuerte. Era un abrazo de una intensidad, que era impensable que no fuese real. Se hizo tan tangible, que la Pipi sintió como si realmente se lo hubiese dado, como si lo hubiera vivido. No se puede explicar, es un poco complicado encorsetar en palabras una sensación tan inmensa.
Cuando se despertó, tenía la garganta atenazada y toda la cara mojada por lágrimas que le brotaron dormida. Fue muy raro, no sabría si decir que fue triste, sólo que fue demasiado real. La tristeza, le hizo darse cuenta de que había sido un sueño y nada más, que su papá no le había dado ese abrazo, que ella tanto necesitaba en esos momentos. Al otro día se levantó distinta. No sabe cómo nhttp://www.blogger.com/img/blank.gifi por qué, pero afrontó lo que se venía de otra manera. Se sintió más fuerte, cómo si ese abrazo le hubiera inyectado seguridad para hacer lo que tenía por delante.
Esos días siguió pensando mucho en él, pero empezó a pensar, que quizás, ellos no se hubieran llevado tan mal y que, a lo mejor, hasta se sentiría orgulloso de ella, y ella de él, aunque fuera un viejo cascarrabias, probablemente un machista empedernido, y ella, su única hija, seguramente demasiado rebelde y libre para su gusto. Ahora, sigue con la intriga de cómo hubiesen sido juntos, de las cosas que les gustaría compartir o de las que los harían pelear. Pero al menos siente que pudo saber, lo que era sentir la contundencia de su abrazo. Aunque fuera en sueños. Si en definitiva, la vida, no es mucho más que un sueño sostenido a lo largo del tiempo.

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