lunes, febrero 23, 2009

¿Prensa crítica o prensa independiente?

Se ha escrito mucho sobre este tema. Personalmente, me resulta increíble que aún deba insistirse sobre el mismo, pero resulta evidente que el stablishment mediático, operando como una no tan encubierta corporación de intereses, logra confundir inclusive a aquellos que por su lucidez deberían cuando menos tener claras las verdaderas opciones que les ofrece la práctica comunicacional de las democracias liberales.

En principio, establezcamos algunas verdades: la prensa independiente no existe. No puede existir. Es un contrasentido lógico. No es independiente aquella prensa que se opone al poder, ni la que lo apoya. Tampoco la que aparenta una equidistancia objetiva. La “prensa independiente” es un oxímoron, ya que todo medio periodístico tiene como objetivo central comunicar algo y, en ese “algo”, va incluida como mínimo la relación de un hecho que, por más despojada que se pretenda, llevará implícita la “visión” del que lo observó. El “punto de vista” desde el cual el observador se detuvo a mirar lo acontecido. Ese punto de vista tiene como obligatoria premisa la infección conceptual previa del que observa. Su “modo” de mirar la vida y la sociedad, su moral y su ética, que no son “independientes” de su contexto. Desprendámonos aquí de los conceptos “bueno/malo”, “justo/injusto”. El sector en el que se ubique el observador no es relevante para esta reflexión, sino el hecho incontrovertible de que siempre habrá un sector.
Por consiguiente, el medio/periodista reflejará la visión de ese sector, que puede, en todo caso, ser más o menos “objetiva” -aceptando esta palabra como una exageración ideal, virtual e imposible- dependiendo de la honestidad ética del descriptor.

Llegamos entonces a definir que tanto la prensa crítica del poder como la obsecuente con el mismo, defienden “sectores”, intereses, responden a necesidades u objetivos políticos, económicos y sociales y esto no admite excepciones. Producir y sostener un medio radial, televisivo, escrito, cuesta dinero. La publicidad, oficial o privada, sustenta ese costo por lo general pero, si esta publicidad no existe en un “medio alternativo”, de igual manera el dinero está presente, aún si se extrae del bolsillo personal del productor que, entonces, está sufragando la propagación de ideas propias o ajenas con un objetivo personal que puede ser, como dijimos, honesto o no, justo o injusto.

Esta obviedad nos lleva de inmediato al poder subyacente tras el medio. Todo medio periodístico, lo reconozca o no, ejerce una cuota de poder directamente proporcional a su influencia cuantitativa y cualitativa en su “target” objeto.
Sin embargo, muchos medios denominados “alternativos” y la totalidad de los medios “grandes” reniegan -al menos públicamente- de ese ejercicio de poder. Precisamente, el planteo “políticamente correcto” de las teorías liberales de la comunicación es que la función de los medios periodísticos es “oponerse” al poder. Ser críticos. No obstante, si analizamos dicho funcionamiento, observaremos que el verdadero significado de esa posición es “oponerse al Gobierno” sea cual fuere su signo político, en la suposición hecha pública de que esa oposición confiere credibilidad, aunque los hechos narrados estén deformados por el “punto de vista” que mencionábamos.
Y esa credibilidad opera sobre la realidad efectiva. Porque una sutil tergiversación de conceptos en el ciudadano medio ha logrado que éste interprete lo “publicado” como sinónimo de verdad, aunque condicionada a su prejuicio. Si bien reconoce que los medios mienten, ese ciudadano establece a priori y de manera inconsciente que la mentira se produce sólo en la información que él no comparte, la que ha decidido no creer en base a su posicionamiento previo y personal.

Desde un posicionamiento realista, debemos aceptar que la prensa crítica o independiente, así como la obsecuente o la pretendidamente objetiva, se trate de medios del stablishment o alternativos, practican de forma constante la mentira o, como mínimo, el ocultamiento de datos en la medida en que éstos no convengan o perjudiquen sus intereses o necesidades editoriales, sean éstas económicas o políticas.

La mayor sinceridad que puede entonces esperarse de un medio o de un periodista es que éste blanquee esos intereses u objetivos, los haga públicos y manifiestos para sus lectores u oyentes, de forma que la independencia se transfiera automáticamente al receptor de la información, en lugar de quedar cautiva de una pretendida imparcialidad inexistente.
Lejos así de la falacia del “periodismo objetivo”, el informado podrá juzgar al informador y a la información recibida desde la concordancia o discordancia de intereses y reconocerse a si mismo en la realidad que, cada día, elige creer.


Enrique Gil Ibarra

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