viernes, agosto 19, 2011

"Inmolación en cámara"

Por Laura Etcharren

La banalización de los temas y el fracaso, son dos variables que pueden verse compulsivamente en la televisión. Mientras que la intimidad se volvió un negocio; los temas más urgentes de la sociedad se banalizaron en el absurdo de la negación y en la precariedad analítica.

Observamos, en la incontinencia verbal, la crueldad sin límites. Encontramos, en las miradas, la envidia por aquello que no se es. Y en algunos casos, la nostalgia por aquello que podría haber sido y no fue.

Los personajes de la Televisión hacen estallar la pantalla y el estallido impacta, inexorablemente, en las redes sociales. Como un boomerang se redoblan las frases destructivas y lo que antes podía ser gracioso, ahora, deviene en un sinsentido para el público.

Peleas que abruman ante la ausencia de contenidos.

Terminan siendo contiendas de múltiples agresiones con temas sensibles y delicados que ponen de manifiesto que más allá de la vanidad, algunos personajes del medio, se encuentran sumergidos en la hoguera de la maldad.

La liviandad del insulto y la calumnia como instalación de la duda.

Todo se convirtió en una descalificación que se inicia, siempre, a partir de un intercambio de palabras. A veces inocente, a veces armado. No importa. El resultado termina siendo la “barbarie” discursiva.

El dolo. La intención de dañar a la persona diciéndole gorda; cornuda/o; homosexual; estéril; vieja; etc.

La TV actual es el cuadro móvil de la sociedad. De todo aquello que cotidianamente ocurre. Es una catarsis constante en el que el show se mezcla con la realidad personal. Con hechos puntuales que condicionan una estructura de sentido. La estructura del televidente que ya no sabe qué es, a ciencia cierta, lo que divide la ficción de lo real.

Insisto. LA TV SE NUTRE DE LO SOCIAL PARA LUEGO FUNCIONAR DIALÉCTICAMENTE.

Existe una intencionalidad que ya no se puede enmascarar. El velo se descorrió para mostrar, con absoluta impunidad, que por un minuto de cámara o por permanecer en el medio, hasta la inmolación de la moral es funcional.

El Motor de la Decadencia: ALEJANDRA PRADON Y EL DESGASTE DE UNA IMAGEN.

Hundida en el ostracismo, Pradón vuelve a los medios, como siempre, para hablar de sus revolcones. Nunca pudo trascender los temas sexuales.

Alejandra Pradón revela lo que una mujer no tiene que ser. Los detalles de su romance con Menem y Tinelli la vuelven decadente. Poco mujer y femenina. En sus declaraciones, ella misma se falta el respeto. Lo mismo hace con los hombres que pasaron por su multitudinaria cama.

No solo es lo que cuenta sino también, cómo lo cuenta. Se presenta en los programas en una maniobrada y constante posición orgásmica.

Es el símbolo de la pena y la vergüenza. Sin embargo, apostó a eso para estar, por lo menos, durante una semana pululando por los medios. Para desempolvarse del encierro casero.

Pradón es un doble fracaso. Como artista y como dama.

Y de Pradones se va poblando, lícitamente, la TV. De diferentes edades y estéticas, brotan, como rabanitos, “las nenas de utilería” que por un minuto de cámara pueden inmolar su reputación. Mostrar su desborde porque saben que la locura da rating y la promiscuidad produce morbo.

La era voyeur está instalada. El talento, en las nuevas generaciones utileras, es casi una utopía.

El medio las acunó por escándalo. Sin embargo, son pocas las que pueden trascenderlo y demostrar que tienen un contenido más sustancial que las siliconas y el botox. Un contenido que evite el arrastre de terminar diluidas, felinamente, maniobrando el caño de un cabaret. Y no precisamente para mostrar un espectáculo artístico, sino para hacer, en puertas cerradas, el patético franeleo.

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